sábado, 2 de abril de 2016

DELIRIOS ONIRICOS I
“UN ENCUENTRO INESPERADO”

Caminaba yo por las calles comerciales del centro de alguna ciudad, cuando mi prima MA*, que no encajaba en esa situación ni en ese lugar, me paró y me dijo:
-          Primo, ¿recuerdas a RCC, la chavala que compartió piso en Sevilla contigo durante dos años cuando estabas en la Universidad?
-          ¡Claro que sí! – contesté- ¡Cómo iba a olvidarla!
-          Pues está ahí dentro – replicó señalándome a una especie de centro comercial o supermercado- Anda, entra si quieres verla y saludarla.
Se despidió de mí y sin dudarlo, entré y la encontré de inmediato. Estaba rodeada de sus alumnos, ya que ella optó por la enseñanza y preparó las oposiciones correspondientes. Hacía 25 años que no la veía, y, de lejos, la reconocí de inmediato. Parecía no haber cambiado con el tiempo en su aspecto físico.
La recuerdo como una chica sumamente atractiva, sin ser guapa. Su cutis, pálido y rubicundo a la vez, cubría un rostro de cierta belleza y armonía. Tenía el pelo largo, liso y rubio. Sus grandes pechos eran mi inspiración cuando las hormonas de la adolescencia bullen y condicionan la existencia misma al deseo sexual. Era, fue, durante mucho tiempo, objeto de mi deseo y musa de mis masturbaciones. Era muy inteligente, y conversar con ella, un placer.
Me fui acercando. La veía de perfil. Su nariz era prominente, pero no afeaba en absoluto su rostro. También era así veinticinco años atrás. Procuré llamar su atención pronunciando su nombre y ella se giró y me reconoció de inmediato.
Sin embargo, mi corazón dio un vuelco cuando observé su rostro de frente. Le tendí la mano, renunciando a los dos besos habituales que en España constituyen el saludo entre personas de distinto sexo. El motivo era simple: su nariz, vista de frente, era sencillamente monstruosa.
-          Siempre tan tímido – me dijo - ¿no me das un beso?
-          Temo pegarte la gripe. Estoy convaleciente aún – Le respondí mintiendo.
-          ¿Qué tal te va? ¡qué alegría verte! – exclamó - ¿vives aquí?
-          Muy cerca. Hoy he venido obligado para hacer unas gestiones. De lo contrario estaría en la cama – respondí para darle más credibilidad a mi mentira.

*     *             *             *             *             *

Morfeo me trasladó, de repente, a otro escenario. Allí apareció un tercer personaje. Era otro compañero de piso, que también había vivido con nosotros durante algunos años. Se saludaron y el la besó complacido.
Los tres entablamos la típica conversación en estos casos. Mientras ellos hablaban, yo contemplaba, estupefacto, la monstruosa nariz de ella. Trataré de describirla:
Era de un color rosa oscuro, que contrastaba con la palidez de su rostro. Su anchura duplicaba la de la boca de la chica. Un vello negro e hirsuto salía de sus fosas nasales, las cuales eran descomunales en tamaño. Sin embargo, lo más repulsivo era que una abertura vertical, que abarcaba desde el puente hasta las fosas y dejaba a la vista parte del interior. Este estaba tapizado del mismo vello negro que cubría, de forma rala, el exterior. Por dentro, el pelo era aún más negro y poblado. Cuando hablaba o sonreía, la abertura se dilataba y mostraba el interior de forma más evidente. Las coanas, enormes y lampiñas, palpitaban como una placenta habitada, dando una sensación de repugnancia indescriptible. Su voz me sacó de mi ensimismamiento:

-          ¿qué coño estás mirando? – dijo – pareces atontado.
-          Perdona, es la gripe – contesté- tengo muy mal cuerpo.
-          Está malito mi niño – dijo con sorna – y me abrazó mientras mi horror aumentaba al ver aquella cosa tan cerca de mí.
-          ¿no serán mis tetas lo que estás mirando? – preguntó mientras reía y la hendidura se abría dejando, para mi desazón, visible el interior de aquella deformidad espantosa.
-          No, de veras que no – contesté confundido – Me fijaba en las uñas. Las has dejado crecer. Recuerdo que antes te las comías hasta la cutícula. Tenías que echarte una cosa que amargaba si las mordías ¿recuerdas?
-          ¡vaya memoria que tienes! – dijo – es verdad, pero superé aquel vicio.

Los dos siguieron conversando, pero el hecho de que mi compañero no mostrase signos de inquietud ante aquella visión horrorosa me desconcertaba aún más si cabe.
Yo no dije nada sobre su nariz, pero me extrañaba que, conociéndola y sabiendo que era sumamente coqueta y perfeccionista, no le afectara llevar aquella cosa pegada a la cara.
Al cabo de un rato, nos despedimos de ella y quedamos solos mi amigo y yo. El la miraba mientras ella caminaba.
-          Me encantaba – dijo – siempre me ha gustado mucho.
-          Y a mí también, pero ¿qué le habrá pasado en la nariz? – dije.
-          ¿en la nariz? – contesto sorprendido mi amigo – no he visto nada raro.
Sus palabras me dejaron mudo de asombro.
-          Pero….pero…¡es algo monstruoso! – dije yo balbuceante.
-          ¿te has visto la tuya? – contestó algo molesto.
-          En serio, me refiero a esa cicatriz….
-          Tú estás muy mal – dijo – esa fiebre te tiene alucinado. Rosa está más guapa que nunca. No sé a qué te refieres.
-          Perdona – dije – me debe estar subiendo la fiebre.
-          Anda – contestó – te llevaré a casa. Métete en la cama y descansa.
Subimos a su coche mientras yo, en mi completa desazón, meditaba sobre mi salud mental. Permanecimos en silencio un buen rato. De repente, me giré hacía el y quedé otra vez mudo de espanto: sus orejas estaban llenas de gusanos y completamente roídas y putrefactas. Pude percibir el olor a carne descompuesta. Algunos gusanos eran enormes y otros devoraban los tejidos con fruición.
Lancé un alarido de terror que me despertó…. Jadeante, sudoroso y confundido, sentí un inmenso alivio al comprobar que todo había sido un sueño…por fortuna.






UN ZAINETE ANDALÚ

ACTO ÚNICO

(Entra un andaluz en el consultorio de un médico privado de la capital, con fama de caro y de no tener escrúpulos en engañar a los ignorantes. Un amigo suyo acaba de morir tras ser tratado por ese galeno. El médico no sabe que por sus puertas acaba de pasar el camastrón rural del terruño por excelencia que, sano como una pera, conserva intactas sus ocurrencias y hace gala de su identidad. Esto pasó…)


-          Diga treinta y tres – le dijo el médico.
-          ¿Y por qué treinta y dos? –preguntó el otro usando la pregunta como dardo venenoso.
-          ¡He dicho treinta y tres! – dijo él.
-          Diré treinta y dos y medio y en paz –propuso el paisano.
-          ¡Haga lo que le salga de los cojones! –dijo el galeno.
-          ¡¡Treinta y dos y medio!! – gritó socarronamente.
-          Bueno, tiene usted medio punto de pulmonía – le contestó el doctor.
-          De acuerdo. ¿cuánto le debo? – preguntó.
-          Mil euros – dijo el médico.
-          Aquí tiene quinientos – dijo pagándole con un morado.
-          ¡He dicho mil! – exigió él.
-          Pero por medio punto de pulmonía solamente le debo pagar media cuenta, además usted decide libremente la cantidad que debo decir y hay que regatearle – razonó el recién llegado.
-          ¡Vaya usted a tomar por culo! – contestó azorado el discípulo de Hipócrates.
-          De acuerdo, pero solamente llegaré a la mitad del camino – dijo Tiburcio bajándose los pantalones.
-          ¿desea que le penetre? – le preguntó.
-          ¡¡No, por Dios!! Solo la mitad – repuso alarmado.
-          ¿y eso por qué? –inquirió de nuevo el matasanos.
-          Porque sólo llegaré a mitad de camino, hermano – repostó a la par que se daba la vuelta para irse.


(Y salió del consultorio. Y lo hizo con un gesto divertido y la sensación de haber sido un cabrón justificado. Pero el doctor sufrió las risas y chanzas al menos un verano entero… y allí en verano hace calor, y la prueba está en que un escocés jamás te repostaría así, eso es seguro).
Libertad Onírica

Para los lobos esteparios que persiguen
Como su presa a la libertad.
Jamás podréis dominar nuestra íntima
Y bendita capacidad de soñar. Jamás.


Donde nuestros ojos miren
Aunque busquen una huida
Siempre existirá una vida
Que mientras crezca respire.
Pues mientras  el mundo gire
Y sean azules los cielos
Mientras el sol te alumbre
Allí donde haya una cumbre
Existirán los anhelos.
Pues si algo es la medida
Como del amor los celos
De  libertad son los sueños
Y de la mente ser dueños
Y también ser quien decida
Qué se recuerda o se olvida
O el disfrute de tenerlos.





DE LOS BRAZO DE MORFEO A LO DESCONOCIDO
(Un relato onírico)

Serían las seis de la tarde de un caluroso día de julio, en la playa de la Concha en San Sebastián,  cuando después de una copiosa comida y de ingerir una buena cantidad de cerveza, nos tumbamos sobre nuestros colchones hinchables, tapamos nuestros ojos con una toalla, (ya que el sol era deslumbrante y estaba casi en su cénit) y, así, de tan placentera suerte,  caímos inevitablemente en los brazo de Morfeo.
Mientras,  la mar manejaba nuestro rumbo de forma caprichosa y carente de rumbo fijo. Y durante nuestro apacible sueño, que por tranquilo y agradable,  duró unas cuatro horas, flotamos en la mar salada, al albur de las mareas.
Al despertar,  el soleado día se había tornado en crepúsculo, y la noche acechaba con su pronta presencia. Me incorporé un poco sobre el colchón, y divisé a pocos metros de mí a otros dos compañeros. Los llamé con una fuerte voz, y ambos, remolones en el despertar, respondieron a mi llamada.
Nos acercamos los tres lo más posible. Comprobamos que faltaban dos: Fernando y Josema, pero tomamos conciencia de que estábamos perdidos en mitad del océano y que, sin sol, no teníamos referencia para orientarnos. Las estrellas ni la luna habían aparecido aún.
Conforme la noche se acercaba, pudimos intuir una luminosidad en una determinada dirección, y pensamos que allí debía estar la ciudad costera en la que pasábamos nuestras vacaciones.

Pegamos nuestras barrigas al colchón y, con los brazos, comenzamos a remar en la dirección que nos parecía la más apropiada, es decir, en el sentido en el que nos marcaba el resplandor luminiscente.
Así estuvimos unas horas. El esfuerzo era considerable, ya que la noche caía sin remisión, pero la evidencia de que el resplandor era cada vez más cercano nos animaba en nuestros esfuerzos.
No obstante, y debido a las corrientes marítimas, se nos hacía complicado avanzar, y la sed y la debilidad comenzaron a hacer mella en nuestros cuerpos. Solo nos animaba aquella supuesta cercanía al resplandor que las luces de la ciudad costera producían en las sombras de la noche oceánica.
El frío comenzó a ser un serio inconveniente, y nos cubrimos un poco con las toallas que habíamos usado para protegernos del sol unas horas antes.
Decidimos dejar de esforzarnos y descansar un rato, y así nos tumbamos sobre el colchón, cayendo todos en un profundo sueño que duró hasta el anochecer siguiente. Cuando despertamos el resplandor estaba más cerca, así que dedujimos que las olas nos habían acercado a la costa y, débiles y sedientos, comenzamos a remar con los brazos en la dirección del resplandor.
Pasó mucho tiempo hasta que llegamos los tres a la costa de aquella población. Dos de nuestros compañeros no estaban, y tampoco sabíamos de ellos, pero en la arenosa playa pudimos observar dos colchones inflados aún, y los reconocimos como suyos. Era muy posible que hubieran llegado antes que nosotros.
Nos sentamos en la orilla y comentamos la curiosidad que suponía el hecho cierto y común de que no experimentásemos ni sed ni hambre ni cansancio alguno, y sí una contenida euforia que nos hacía ver la negra mar nocturna como algo singularmente bello. Nos levantamos y nos dirigimos al pueblo.

Por lo que pudimos deducir, aquella ciudad no era la que buscábamos. El mar besaba suavemente la línea de costa, y tras la playa pudimos observar un pequeño y coqueto paseo marítimo y, al fondo, una  ciudad alumbrada por unas luces que daban la sensación de bruma, de tono rosado y, además, muy acogedora.
Comenzamos a pasear para ubicarnos y solicitar algún tipo de ayuda ya que, en rigor, nos encontrábamos perdidos.
Calculamos que debían ser las cuatro o las cinco de la mañana, y que no era una hora propicia para nuestro cometido. Pero, sin embargo, no estábamos cansados ni hambrientos y una euforia contenida predominaba en nuestros espíritus.
Abordamos el paseo marítimo, caminando con pausa, sin prisas de ningún tipo. Observamos que, cruzando una pequeña carretera, el pueblo tomaba forma. Pudimos ver los primeros edificios y unas calles largas y angostas que, seguramente, nos llevarían al centro de la ciudad.
Mientras caminábamos, hacíamos suposiciones e hipótesis sobre nuestra ubicación real. Habíamos partido de la playa de la Concha en San Sebastián, y creíamos estar, como muy lejos, en las costas atlánticas de Francia. Por suerte, todos nos defendíamos en la lengua francesa.
Localizamos a un par de peatones, un matrimonio de edad adulta, que caminaban cogidos de la mano y en completa relajación. Nos dirigimos a ellos:
-          Pardonez vous.  Nous sommes spagnols et maintenat nous ne savons pas oú est-ce que nous sommes. Pouves vous-nos aider? Síl vous plaît?
Los interpelados parecieron ignorarnos. Como si no nos hubieran visto. Siguieron su camino sin dar la más mínima muestra de haber oído nuestra petición. Lo intentamos con varios transeúntes más, pero la actitud de ellos fue idéntica. Bromeamos acerca de que era un lugar habitado por sordo-mudos-ciegos, y nos reímos con la ocurrencia.
           
Vistas las circunstancias, seguimos paseando por la ciudad, que se nos antojaba muy extraña dada la carencia de muchas de las cosas que son imprescindibles para el correcto funcionamiento de una concentración humana, por pequeña que sea.
            Nuestro asombro fue creciendo cuando observamos un rótulo (el primero que habíamos visto) que estaba escrito con caracteres rúnicos y que, obviamente, no pudimos descifrar.
De repente, Jose Manuel, uno de nuestros amigos, nos dijo:
-          Me esperan, tengo que irme.
Y corriendo como alma que lleva el diablo, se dirigió hacía un parque arbolado que había cerca. Le seguimos en carrera, llamándole e intrigados por su impropia reacción, pero, una vez llegados a la arboleda, no pudimos encontrarlo, parecía habérselo tragado la tierra. Le llamamos varias veces, pero todo fue inútil.
Cuando decidimos no seguir buscando, divisamos a los lejos a nuestros dos compañeros que nos acompañaban, pero que en el momento que nos perdimos no estaban con nosotros. Eran Fernando y Jose María. Nos saludamos y nos abrazamos. De repente, José María hizo lo propio y corrió hacía el parque arbolado, desapareciendo de la misma forma que lo hizo antes José Manuel.
Todo era muy extraño, y no encontrábamos explicación para nada. Decidimos recorrer aquella singular población en busca de alguna ayuda práctica. Un teléfono, una comisaría de policía, una iglesia…. Observábamos cosas que nos resultaban inexplicables.
Uno del grupo llevaba un reloj y comentó que parecía haberse descompuesto, ya que señalaba las tres de la tarde, pero sin embargo estaba funcionando. Recorríamos las calles y, pese a ser noche cerrada, la afluencia de transeúntes era notable. Ninguno parecía dirigirnos la mirada, era como si no nos vieran. Aunque les gritáramos y nos situáramos delante de ellos, parecían no vernos. Hablamos de permanecer juntos los tres a todo trance, ya que dos habían desaparecido y no habíamos vuelo a verlos.


            Llevábamos dos horas caminando, bajo las luces rosadas y brumosas, y no teníamos ninguna urgencia por beber ni por comer ni descansar. El hecho de no saber dónde nos encontrábamos y de no conseguir localizar ayuda alguna no nos preocupaba y hablábamos desenfadadamente de cosas triviales y frívolas. Pedro, uno de nosotros, se detuvo, miró al cielo y luego se giró y comenzó a correr en dirección contraria a la del grupo. Nos gritó:
-          Me llaman. Debo acudir de inmediato.
Nos quedamos estupefactos, y desistimos de seguirle, pensando que aquella anormalidad podría ser explicada más tarde de manera lógica, si bien como todo aquello era anormal, las extravagancias en ese ambiente también debían ser consideradas como normales.
Seguimos caminando y al doblar una esquina contemplamos un enorme edificio blanco y resplandeciente, flanqueado por dos enormes torres acabadas en punta. La construcción recordaba a una iglesia o catedral, pero su singularidad era notable: despedía luz y parecía estar construída con extraños materiales más etéreos que sólidos y resistentes. Decidimos entrar. El interior era sobrecogedor, pues parecía ser inmenso, infinito. No divisábamos el techo y olía a pureza y a santidad. Caminamos por la nave principal guiados por un fulgor inenarrable que procedía del final de la construcción. Pero nuestro camino fue interrumpido de repente porque nuestros otros tres compañeros estaban allí, acompañados de un señor de de edad incalculable y vestido por una luz cegadora.
Mudos de asombro, aquella visión celestial se aproximó a nosotros y nos tocó con sus manos.
-          Juntos al fín – dijo en tono solemne. Estabais perdidos entre los dos mundos, y aquí estáis todos, juntos y en paz.
Nos miramos extrañados, y uno de nuestros compañeros desaparecidos nos dijo:
-          Hemos llegado al mundo de las almas, del espíritu. Aquí solo hay paz y sosiego; no existe el dolor ni la tristeza. Acercaos y ved el mundo que hemos dejado.

Miramos al frente y vimos la Playa de la Concha. Estaban allí nuestros familiares llorando y nuestros cuerpos, sobre la arena, cubiertos por mantas térmicas. Comprendimos la situación de inmediato: habíamos muerto en la mar y rescatados nuestros cadáveres, yacíamos en paz y nuestras almas habían arribado a su lugar original.
-          Vuestros seres queridos os lloran, pero así ha sido, y seguirá siendo. Vuestros cuerpos, una vez cumplida su misión en la tierra,  servirán para sustentar la vida terrenal de otras almas que los ocuparán de inmediato, replicando el ciclo vital, y vuestras almas permanecerán aquí por toda la eternidad. Antes o después, volveréis a estar junto a vuestros seres queridos, porque ellos vendrán también.

*          *          *          *          *          *          *          *          *          *
            “Cinco jóvenes muertos en la Concha tras perderse en la mar de noche” “Recuperados los cuerpos de los cinco jóvenes en La Concha”. Todos los titulares de los periódicos se hacían eco de la noticia. San Sebastián decretó luto oficial y se celebro un funeral multitudinario en memoria de los cinco fallecidos.
-          Murieron de sed y agotamiento tras cuatro días en la mar –dijo el comandante Álvarez a los familiares de los fallecidos.  - Nadie dio la alarma antes, y cuando ustedes llamaron ya habían pasado tres días. Estaban en aguas españolas, muy lejos de la costa española y de la francesa. Les reitero mi más sentido pésame. Descansen en paz.
Y los familiares de los fallecidos volvieron a sus vidas con el inevitable pesar que este drama les había provocado. Desde el mundo de las almas, los jóvenes observaban su tristeza, deseosos de aliviarla, pero impedidos por ese infinito trecho que separa los dos mundos, pero que algunos mortales tienen el don de poder conectar con ese lugar.

Y así permanecieron en aquel paradisíaco lugar, felices, sosegados, en infinita paz del espíritu y apartados para siempre de la dolorosa vida terrena.                   


LA FARSA
                En los años posteriores a la II Guerra Mundial, el Vaticano tomó una postura activa facilitando la huída a los criminales nazis buscados por la justicia internacional. A esa trama se le llamó Odessa.

                Muchos nazis, grandes criminales de guerra,  no pudieron ser juzgados ni condenados gracias a la intervención de la Iglesia de Roma. Eso es un hecho histórico innegable, pero alrededor del mismo hay muchas leyendas y, entre todas ellas, destaca una por su presumible veracidad. Es esta.

                Se cuenta que, en los años de la trama Odessa, un ministro del Vaticano, que despachaba con el Papa Pío XII a propósito de varios asuntos internos, desvió de repente la conversación que mantenía con el pontífice y, con semblante serio y afectado, inquirió:
-          Santidad, yo tengo, al igual que todos nosotros, frecuentes crisis de fé.  Pero ahora hay una cuestión que me inquieta noche y día y no miento si le digo que ese asunto me está matando.

Ante tal aseveración, el Papa le miró fijamente a los ojos y haciendo un esfuerzo de humildad, le preguntó cuál era esa duda que tanto le atormentaba.

El ministro del Vaticano guardó silencio unos instantes. El Papa le miró fijamente e hizo un gesto inequívoco de impaciencia. El ministro tragó saliva y, sin atreverse a mirar a los ojos al pontífice, le preguntó:
-          ¿y si fuera verdad todo esto? ¿y si Dios existiera en realidad?¿qué sería de nosotros el día del Juicio Final?

Entonces Pío XII, con rostro serio y demudado, le respondió:
-          Entonces nos quemaremos en el infierno y por toda la eternidad.

Ante la contundencia de la respuesta, el ministro hizo una nueva pregunta:
-          Pero Santidad…¿y las Bienaventuranzas?

Entonces el Papa sonrió y, guiñándole un ojo, le replicó:

-          Esas también las inventamos nosotros.



RIMBAUD

                Poco apta es la lengua francesa para su uso como medio poético. Su musicalidad es inapropiada para expresar sentimientos íntimos, profundos y, a la vez, idóneos de rendir pleitesía a la belleza natural literaria.

         Decía Paul Verlaine cuando hablaba del precoz genio de Rimbaud: “su poesía nos sorprendió a todos; fue capaz de convertir en chascarrillos y ripios muchas grandes obras de la literatura poética francesa; podía llegar al alma del lector….” Solamente tenía 16 años cuando escribió “le bateau ivre”.

Y aquel Verlaine de la Comuna parisina, casado infelizmente con una dama de la nobleza y ya consagrado como gran poeta, dejó su fama, dejó a su esposa y a su hijo recién nacido, dejó a sus círculos selectos de poetas y críticos y a su heterosexualidad para enamorarse de un adolescente provinciano, carente de educación chauvinista y de maneras a la mesa y en reuniones de la alta sociedad, para compartir con él la locura de vivir al límite y aceptar su papel de compañero secundario de un genio literario rebelde e insoportable.

         En tres años (16-19 años), Rimbaud completó su magra obra literaria. Más tarde se recluyó por un año en su vetusta casa de campo y salió para caminar por Bélgica, los Sudetes, Alemania y parte de Francia.

Con 22 años emprendió su ansiado “viaje al sol” y recaló en Eritrea, Abisinia y cercanías. Anhelaba los cuerpos altos, esbeltos y de color azabache de los etíopes, pero su actividad era el contrabando, sobre todo de armas y esclavos. Su renuncia a la literatura y a su talento natural fue tan radical que lo que escribió hasta su muerte fueron cartas a su familia y cuentas sobre el negocio. Anecdóticamente se dice que, en ellas, no incluyó ni un solo adjetivo.

         Se hizo rico, a sabiendas de la inmoralidad de su fortuna y entregó a su madre la práctica totalidad. Murió de un cáncer en la rodilla, igual que Verlaine, con 37 años. A su muerte, su hermana y su madre intentaron recuperar su obra para quemarla, considerándola “blasfema, inapropiada e indigna de él”. Isabelle, su hermana, llegó incluso a pedir a Verlaine que le entregara los manuscritos a lo que el poeta respondió con educación pero indignado ante la evidente estulticia de Isabelle.

         Rimbaud fue un visionario. La historia de la humanidad está plagada de figuras dotadas de este talento, y, en poesía, Rimbaud lo fue.

Beethoven lo fue en música, al igual que Mozart o Haydn. Rendbrandt, Van Gogh, Picasso o Dalí en pintura. El artista que se adelanta a su tiempo (llamado visionario) es un sujeto que recibirá innumerables críticas y que solamente será reconocido a su muerte.

         La mañana que “The Evening Mirrow” publicaba “The Raven”, cuyos derechos había comprado por una irrisoria cantidad, podía verse entre la bruma neblinosa de Baltimore a un hombre pequeño y delgado, que parecía más esbelto por la oscura capa que vestía, caminando con evidentes síntomas de embriaguez. Era Poe, su autor. Su talento contrastaba con su evidente alcoholismo y su nombre comenzó a correr de boca en boca.

Poe murió en soledad, arruinado y con delirium tremens, aunque dos siglos más tarde su obra siga siendo innovadora, visionaria y de culto, él solamente recibió a cambio de su legado el desprecio y la ignorancia hacia su obra y persona. La existencia es agradable, pero la humanidad la convierte en una pesadilla.

         Rimbaud fue un personaje que cambió la tradición secular literaria en todo el mundo. Llegar al corazón de las personas no requiere necesariamente rimas, sílabas ni ortodoxias; solamente talento y un adecuado uso del mismo. El joven Arthur lo demostró.

                

LA INAPELABLE JUSTICIA DEL DEVENIR DEL TIEMPO

Florecerás como el cardo espinoso, y con bellos colores reclamarás a las trabajadoras abejas para que te ayuden a reproducirte. Sentirás con rabia toda tu inutilidad y lo fatuo de tu existencia, pero pronto descubrirás que es fácil culpar a otros de tus complejos. Sentirás, entonces, nacer el odio en tus venas, e incubarás el rencor como la madre culebra a sus crías. Ocuparás una torre de marfil hace tiempo abandonada y en ella te harás fuerte, a pesar de tu débil naturaleza.
Así serás uno más que engrose las filas de la hipocresía. Te disfrazarás para darle empaque a tus palabras y así engañar mejor a los cortos de entendimiento. Serás, con el tiempo, una adorada eminencia, pero jamás podrás olvidar tu actitud farandulera y la falsedad que por bandera, orienta tu misma esencia.
Y luego te harás mayor, en breve peinarás canas, y tu dedo acusador, tu maldad insana, tus complejos pueriles y tus malas entrañas, aflorarán como lo hace la semilla de la que nace la planta.
Mientras contemplas con placer a los leñadores que hacen astillas del árbol que derribaste para evitar que fuera conocida tu falsedad y tu perfidia. Y puede que hasta con ellas, alimentes la hoguera que te dará calor. Y mientras el crepúsculo de tu vida te parece insoportable, observas la puesta del sol en el horizonte del mar, y hasta te sientes eterno cuando sabes que tu existencia a punto está de terminar.
Y yo volveré para perturbar tus sueños. Lograré que dormir llegue a ser, para ti, un tormento. Seré el fantasma que surge en la oscuridad y temblarás de miedo como un niño.
Llegaste a disfrutar de la vida a costa de la desgracia ajena. Ahora te toca pagar por esas vacaciones inmerecidas. Y te aseguro que tu acreedor cobrará su deuda. No lo dudes ni un instante.